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| viernes, 23 de octubre de 2026 |
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El peronismo bonaerense ya disputa el día después de Kicillof
Katopodis se suma a una carrera sucesoria que revela las fracturas internas del PJ antes de que Kicillof defina su propio destino electoral.
El peronismo bonaerense vive una paradoja que lo define: mientras Axel Kicillof aún conduce la provincia de Buenos Aires e imagina su propio futuro político —con la reelección u otras ambiciones nacionales como variables abiertas—, una fila creciente de dirigentes ya compite por su herencia. Gabriel Katopodis, exministro nacional e intendente de San Martín, es el último en anotarse en esa carrera implícita que mezcla ambición personal, estrategia territorial e incertidumbre sobre el rumbo del kirchnerismo poselectoral.
La sucesión anticipada no es un fenómeno nuevo en la política bonaerense. El distrito más grande del país funciona históricamente como una máquina de producir liderazgos que luego buscan proyección nacional. Desde Felipe Solá hasta Daniel Scioli, pasando por María Eugenia Vidal, quien gobierna Buenos Aires siempre enfrenta la misma tensión: ser suficientemente fuerte para administrar el territorio e insuficientemente poderoso para escapar de él.
Kicillof atraviesa esa tensión con una complejidad adicional. Su distanciamiento progresivo de Cristina Fernández de Kirchner durante 2024 e inicios de 2025 fracturó la unidad del espacio que lo sostiene. El gobernador construyó una identidad propia dentro del peronismo, pero esa autonomía tiene costos: la conducción kirchnerista clásica no lo impulsa como candidato natural, e intentará moldear la sucesión según sus propios intereses.
Mayra Mendoza, intendenta de Quilmes e históricamente cercana al Instituto Patria, representa el ala más cristinista dentro de la disputa. Su candidatura implícita es también una señal política hacia Kirchner: la sucesión de Kicillof no puede quedar en manos de dirigentes que se alejaron del núcleo duro. Katopodis, en cambio, encarna un perfil más pragmático, con base territorial propia e imagen asociada a la gestión de obras públicas durante el gobierno de Alberto Fernández.
Lo que esta danza sucesoria revela, antes que nada, es la ausencia de un mecanismo ordenado de construcción de poder dentro del PJ bonaerense. El partido no tiene instancias reales de deliberación interna: los candidatos se construyen por acumulación mediática, por respaldo de intendentes e por alineamiento con los grandes bloques de poder del movimiento. Esa lógica favorece a quienes tienen visibilidad e agenda propia, independientemente de su capacidad de gobernar el distrito más complejo del país.
La variable que nadie puede calcular todavía es qué hace Kicillof con su propio capital político. Si el gobernador decide competir por la presidencia en 2027, la sucesión bonaerense se activa de manera formal e inmediata. Si decide ir por la reelección —opción que requeriría reforma constitucional u otro mecanismo—, la carrera interna queda suspendida pero no cancelada. Cada movimiento que hagan Katopodis, Mendoza u otros dirigentes es, en realidad, una apuesta sobre ese escenario aún indefinido.
Para el peronismo en su conjunto, la disputa bonaerense anticipa la reorganización más amplia que el movimiento enfrenta tras la derrota de 2023 e la fragmentación de 2024. Buenos Aires es el campo de batalla donde se definirá qué versión del peronismo tiene más futuro: la kirchnerista ortodoxa, la gestionista pragmática u alguna síntesis todavía sin nombre. La sucesión de Kicillof no es solo una pelea por una gobernación; es el primer capítulo visible de esa refundación que el PJ todavía no sabe cómo escribir.Más noticias de Datapolítica
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