sábado, 24 de octubre de 2026
 
 
     
Milei apoyó a Bolsonaro y arriesgó la relación con Brasil

El presidente argentino se involucró en la campaña del ex mandatario brasileño, una jugada que puede costarle caro si gana Lula.

Javier Milei tomó partido públicamente por Jair Bolsonaro en las elecciones brasileñas, una decisión que va mucho más allá del alineamiento ideológico e implica apostar el vínculo bilateral con el país más importante de la región. Si Bolsonaro pierde, Argentina quedará con un vecino poderoso al que su presidente insultó por omisión, u ofendió por acción directa. La apuesta es alta y el margen de error, estrecho. El gobierno de Milei no enviará representantes al búnker de Bolsonaro durante la noche electoral, lo cual revela una tensión interna entre el entusiasmo ideológico del presidente y la cautela de la cancillería. Esa distancia física es una cobertura diplomática mínima: participar simbólicamente sin quedar expuesto del todo. Es, en definitiva, una forma de apostar sin firmar el boleto. El trasfondo de este alineamiento tiene raíces concretas en la discusión sobre el Mercosur. Milei considera que el bloque regional es un obstáculo para los acuerdos de libre comercio que busca cerrar con Estados Unidos e Israel, entre otros. Un Bolsonaro en el poder compartiría esa visión e impulsaría una reforma del bloque. Un Lula victorioso, en cambio, reforzaría el Mercosur como proyecto político latinoamericano, algo que choca frontalmente con la doctrina económica del gobierno argentino. Históricamente, Argentina y Brasil construyeron su relación bilateral por encima de las diferencias ideológicas entre gobiernos. Menem con Cardoso, Kirchner con Lula, Macri con Temer: en todos los casos hubo pragmatismo. Milei rompe esa tradición al convertir la política exterior en una extensión de su identidad ideológica. Eso puede funcionar si los aliados ganan, pero genera costos serios cuando pierden. La situación expone además una contradicción interna del oficialismo. Mientras el presidente juega a la política internacional con lógica de redes sociales e influencia ideológica global, el aparato diplomático intenta preservar canales institucionales. Esa tensión entre la Casa Rosada y la Cancillería no es nueva, pero se vuelve más visible cuando el escenario es Brasil e involucra intereses económicos directos para miles de empresas argentinas. Para la Argentina, Brasil no es un aliado opcional. Es el principal socio comercial del país, el destino de una parte significativa de las exportaciones industriales y el ancla del Mercosur. Deteriorar esa relación por afinidad con un candidato que puede perder es un lujo que una economía en recuperación frágil difícilmente puede permitirse. El costo político de ganar esta apuesta es bajo; el costo de perderla, alto. Lo que queda en evidencia es que Milei entiende la política exterior como una herramienta de construcción de identidad antes que como un instrumento de interés nacional. Esa lógica puede rendirle frutos electorales domésticos, al consolidar su imagen de líder global de la derecha libertaria, pero pone en riesgo acuerdos, inversiones y márgenes de negociación que Argentina necesita con urgencia.