viernes, 23 de octubre de 2026
 
 
     
El 20% de los votantes de Milei ya no apoya al Gobierno

Una encuesta revela que al menos el 20% del electorado del balotaje ya no acompaña al Presidente. La Casa Rosada lo niega y busca culpables.

El gobierno de Javier Milei enfrenta una fractura interna que ya no puede disimularse: mientras una encuesta confirma que al menos el 20% de quienes lo votaron en el balotaje se distanció del oficialismo, la administración oscila entre dos respuestas contradictorias. El equipo económico defiende la ortodoxia sin concesiones, en tanto el ala política presiona por acuerdos con otros sectores para frenar el desgaste electoral. La tensión entre ambas lógicas define hoy el rumbo real del poder. El dato del 20% no es menor en términos históricos. En la Argentina reciente, gobiernos que perdieron esa proporción de su base original en el primer tramo de gestión enfrentaron dificultades serias para recuperarla. El kirchnerismo lo vivió tras el conflicto con el campo en 2008; Macri, tras las turbulencias cambiarias de 2018. En ambos casos, la erosión temprana anticipó derrotas electorales posteriores. Milei no es ajeno a esa lógica, aunque su coalición insiste en presentarlo como un fenómeno sin precedentes. La reacción de la Casa Rosada ante los números es en sí misma un dato político. La negación, la irritación e incluso las sospechas sobre el origen de la encuesta revelan una dirigencia que aún no procesó la diferencia entre el entusiasmo de la campaña y la administración cotidiana del Estado. Gobernar implica decepcionar a alguien; la pregunta es a quién y en qué proporción. El ala política del gobierno, liderada por quienes tienen más exposición territorial, entiende que sin consensos el proyecto se vuelve frágil. Esa apertura no es ideológica sino aritmética: sin mayoría legislativa consolidada y con un calendario electoral que se acerca, los acuerdos dejan de ser una traición doctrinaria y se convierten en una necesidad de supervivencia. La tensión con el equipo económico, que lee cualquier flexibilización como una señal de debilidad, expresa esa contradicción en estado puro. El dilema entre pragmatismo y dogmatismo no es nuevo en la historia argentina. Los gobiernos que llegaron al poder con un mandato rupturista enfrentaron siempre la misma encrucijada: sostener la pureza del mensaje original o adaptarse a las restricciones de la realidad. Menem lo resolvió virando drásticamente hacia el pragmatismo. De la Rúa fracasó por no poder elegir ninguno de los dos caminos con convicción. Milei, por ahora, mantiene la tensión sin resolverla, lo que en política suele ser la peor de las opciones. El costo de esa indecisión lo paga la imagen presidencial, que funciona como el principal activo del gobierno. Milei construyó su poder sobre una relación directa con un electorado que lo eligió por su diferencia radical con la política tradicional. Cada señal de negociación o de ajuste en el discurso erosiona esa identidad. Pero cada señal de rigidez ideológica aleja a los sectores moderados que completaron su triunfo en la segunda vuelta y que hoy conforman ese 20% que se fue. El escenario que se abre en los próximos meses es el de un gobierno que deberá elegir. O consolida su núcleo duro y acepta operar con una base reducida pero fiel, o amplía hacia el centro y asume el costo de diluir su propuesta original. Ninguna de las dos alternativas está libre de riesgos. Lo que sí es claro es que la grieta más peligrosa para el oficialismo ya no está afuera, sino adentro del propio proyecto.