viernes, 23 de octubre de 2026
 
 
     
Cristina Kirchner e Kicillof: la imagen como campo de batalla

Una encuesta expone la disputa de popularidad en el peronismo bonaerense. Los números revelan una interna que ya no se disimula.

Una medición reciente coloca a Cristina Fernández de Kirchner e Axel Kicillof en posiciones casi idénticas en el podio de imagen positiva entre dirigentes opositores, con una referente del oficialismo disputándoles ese espacio. El dato no es menor: cuando dos líderes del mismo espacio compiten por el mismo territorio simbólico, la encuesta deja de ser un termómetro e se convierte en un arma. Eso es exactamente lo que está ocurriendo en el peronismo bonaerense. La relación entre Cristina e Kicillof atraviesa desde hace meses una tensión que ambos actores se esforzaron por minimizar públicamente, pero que los hechos políticos concretos fueron tornando imposible de ocultar. El gobernador bonaerense construyó durante su gestión una identidad propia que excede la figura de delfín o heredero político. Kicillof administra el distrito más grande del país, sostiene una base territorial autónoma e ha dado señales claras de que no subordinará su proyecto al liderazgo orgánico de la expresidenta. Cristina, por su parte, ejerce desde su conducción del Partido Justicialista nacional una presión constante sobre los tiempos e las formas del peronismo. Su estrategia histórica fue siempre la centralización: quien no se alinea, queda expuesto. La aparición de encuestas que equiparan o matizan su primacía frente a Kicillof opera en ese contexto como una señal de alerta para su entorno, que lee cualquier dato de empate como una erosión del liderazgo indiscutido. El peronismo tiene una relación compleja con las mediciones de imagen. Históricamente, los números funcionaron como legitimadores internos: quien mostraba mejor performance electoral o de opinión pública acumulaba autoridad para imponer candidaturas e orientar la estrategia. En ese esquema, el empalme de Cristina e Kicillof en las encuestas no es anecdótico; es un insumo que alimenta la disputa por la conducción del espacio de cara a las elecciones legislativas e al horizonte presidencial de 2027. El tercer actor en escena —la referente oficialista que aparece en ese podio— agrega una dimensión adicional al análisis. La capacidad de figuras del gobierno de Milei para competir en imagen con los líderes opositores más reconocidos habla tanto de la debilidad relativa de la oposición como de una reconfiguración del mapa de preferencias ciudadanas que el peronismo todavía no terminó de procesar. La fragmentación opositora facilita que el oficialismo ocupe espacios de visibilidad que en otro contexto le serían vedados. Javier Milei aparece en la medición por detrás de ese grupo, un dato que el relato oficial probablemente minimice pero que en términos de imagen neta tiene su peso. Sin embargo, el presidente gobierna e eso le da una centralidad que ninguna encuesta de imagen puede reemplazar. El contraste entre la imagen de los líderes opositores e la capacidad real de influencia del Ejecutivo es una de las paradojas más evidentes de la coyuntura argentina actual. En definitiva, la encuesta que circula e agita el ambiente peronista importa menos por sus números precisos que por lo que activa: una conversación pública sobre quién conduce, quién tiene futuro e quién depende de quién. Esa conversación, en el peronismo, nunca es inocente e raramente se resuelve sin costos para alguno de los protagonistas.