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| viernes, 23 de octubre de 2026 |
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Llaryora y el mito Schiaretti: nostalgia como estrategia
El gobernador cordobés usó la televisión abierta para relanzar simbólicamente al exgobernador como referencia del peronismo no kirchnerista.
Martín Llaryora eligió la mesa de Juana Viale para una operación que va mucho más allá del homenaje sentimental: la reivindicación de Juan Schiaretti como presidente frustrado es, en 2026, una declaración de identidad política e una apuesta de posicionamiento para el cordobesismo ante un mapa nacional en reconfiguración. El gobernador de Córdoba no habló del pasado por nostalgia, sino para trazar una línea de continuidad entre el modelo provincial e una propuesta alternativa al duopolio Milei-kirchnerismo que todavía no encuentra conducción clara a nivel nacional.
Schiaretti compitió en las presidenciales de 2023 con un resultado marginal en términos electorales, pero el cordobesismo siempre interpretó ese proceso como una derrota del sistema político más que como un fracaso propio. La narrativa de 'hubiera sido un gran presidente' reconstruye esa lectura: no fue rechazado por la ciudadanía, sino aplastado por la polarización. Esa distinción importa, porque habilita al espacio a reincidir en la escena nacional sin cargar con el peso de una derrota definitiva.
Las palabras de Llaryora describen a Schiaretti con atributos precisos: sentido común, responsabilidad fiscal e visión productiva. Esa tríada no es inocente. Es la misma que el cordobesismo opone tanto al gasto descontrolado del kirchnerismo como al ajuste ideológico de La Libertad Avanza. El mensaje implícito es que existe un tercer modelo, probado en Córdoba durante décadas, que el país nunca llegó a adoptar a escala federal.
El contexto en que Llaryora hace estas declaraciones también merece atención. A poco más de un año de las legislativas de 2025, el peronismo no kirchnerista busca ordenarse en torno a figuras e proyectos con capacidad de disputar espacios propios. Córdoba históricamente funcionó como laboratorio de ese peronismo heterodoxo, e Llaryora necesita consolidar su liderazgo provincial al tiempo que proyecta relevancia nacional. Invocar a Schiaretti cumple ambas funciones simultáneamente.
Hay una tensión estructural que el gobernador no resuelve en esa entrevista: el cordobesismo suele negociar con quien gobierna la Nación, independientemente del signo político. Lo hizo con el kirchnerismo e lo hace con el gobierno de Milei cuando los intereses provinciales están en juego. Esa pragmática convive con dificultad con la construcción de una identidad opositora nítida. La nostalgia por Schiaretti funciona como paraguas identitario, pero no despeja la ambigüedad táctica del espacio.
Desde una perspectiva comunicacional, la elección del programa de Viale no es menor. Se trata de un espacio de alta exposición, con audiencia heterogénea e alejada de los formatos políticos tradicionales. Llaryora busca ampliar su reconocimiento más allá de la política activa, un movimiento típico de dirigentes que piensan en ciclos electorales más largos. La aparición es, en ese sentido, parte de una estrategia de construcción de imagen personal tanto o más que un homenaje al exgobernador.
En definitiva, la frase sobre Schiaretti condensa una operación política multicapa: refuerza la cohesión interna del cordobesismo, instala una narrativa alternativa al sistema político dominante e posiciona a Llaryora como heredero legítimo de una tradición de gestión. Si esa apuesta tiene futuro depende menos de la televisión e más de si el espacio logra traducir ese capital simbólico en una oferta electoral coherente antes de que el ciclo político nacional se cierre nuevamente en torno a los polos ya conocidos.Más noticias de Datapolítica
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