domingo, 8 de noviembre de 2026
 
 
     
El periodista dijo que se sintió amenazado por Berni en una reunión

El periodista describió un encuentro con el entonces secretario de Seguridad de la Nación y dijo que le dio mucha impresión verse filmado por el poder.

Marcelo Longobardi reveló que durante el gobierno de Cristina Kirchner mantuvo un encuentro con Sergio Berni, en ese momento secretario de Seguridad de la Nación, en el que fue filmado sin su consentimiento. El periodista interpretó ese gesto como una forma de intimidación deliberada por parte del funcionario. El episodio, contado por el propio Longobardi, ilumina una práctica que excede la anécdota personal: la utilización de los aparatos de seguridad del Estado como herramienta de presión sobre voces críticas del periodismo. El contexto en el que ocurrió ese encuentro no es menor. El kirchnerismo en su etapa más confrontativa construyó una relación tensa e institucionalizada con los medios independientes. La Casa Rosada de aquellos años operaba con una lógica de control del relato público que combinaba la pauta oficial como premio, la presión judicial como amenaza e instancias informales de disuasión como la que describe Longobardi. Berni fue uno de los funcionarios más activos e influyentes de esa etapa, con un perfil marcadamente operativo. Lo que el periodista describe no es un hecho aislado sino un patrón. La filmación de un interlocutor durante una reunión privada constituye una señal inequívoca: el Estado sabe quién sos, sabe lo que decís e implícitamente advierte que puede usarlo. Esa lógica de vigilancia selectiva sobre periodistas e intelectuales críticos fue una característica del período, aunque raramente admitida de forma tan directa por sus protagonistas. Desde el punto de vista político, el testimonio de Longobardi tiene relevancia actual porque Berni sigue siendo un actor con peso propio dentro del peronismo bonaerense. Sus movimientos, sus alianzas e incluso su estilo de gestión continúan siendo objeto de análisis. Que un periodista de primer nivel describa públicamente haber sido intimidado por él agrega una capa de información sobre su modo de ejercer el poder que el electorado e incluso sus propios aliados no pueden ignorar. El episodio también interpela al periodismo como institución. Longobardi eligió contar esto ahora, en un contexto político diferente. Esa decisión editorial no es neutra: habilita una discusión sobre cuántas situaciones similares permanecen sin ser narradas por temor, por cálculo u por acuerdos tácitos entre el poder y los medios. La autocensura inducida por el miedo no deja registros visibles, pero moldea la cobertura pública de la misma manera que la censura directa. Para la historia política reciente, el relato de Longobardi confirma que el kirchnerismo utilizó los resortes institucionales del área de seguridad de un modo que iba más allá de sus funciones específicas. Esa zona gris entre la inteligencia estatal y la presión política sobre actores sociales es una de las más difíciles de documentar e investigar. Los testimonios directos de quienes la vivieron son, en ese sentido, una fuente primaria de primer orden. El valor analítico de esta revelación no está solo en el pasado sino en lo que habilita hacia adelante. La Argentina discute hoy los límites del poder ejecutivo, el rol de los organismos de seguridad e inteligencia y la libertad de prensa. Episodios como el que narra Longobardi aportan evidencia concreta a ese debate, más allá de las simpatías o antipatías que despierte cualquiera de los protagonistas.
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