domingo, 1 de noviembre de 2026
 
 
     
Raverta cruzó a Kicillof por resistir las listas de Cristina

Fernanda Raverta cruzó al gobernador bonaerense por resistir los candidatos impuestos por Cristina Kirchner, que cumple prisión domiciliaria.

La tensión que el kirchnerismo venía administrando en voz baja estalló esta semana en las redes sociales. Fernanda Raverta, exdirectora de Anses e integrante de La Cámpora, apuntó directamente contra Axel Kicillof por su negativa a aceptar candidatos definidos por Cristina Kirchner. El episodio no es un simple cruce interno: marca el momento en que la disputa por el control del peronismo bonaerense deja de ser subterránea e ingresa a la esfera pública con nombre y apellido. El contexto político le da una carga simbólica particular al enfrentamiento. Cristina Kirchner atraviesa su condena cumpliendo prisión domiciliaria, una situación que La Cámpora utiliza como argumento moral para exigir lealtad de quienes construyeron su poder político bajo su liderazgo. Raverta lo dijo sin rodeos: resulta llamativo que ciertos dirigentes elijan este momento para exhibir autonomía. El mensaje apunta a Kicillof sin mencionarlo, pero nadie dentro del peronismo necesita una segunda lectura. Kicillof representa hoy la única figura con peso propio capaz de disputarle la conducción del espacio al kirchnerismo duro. Su base electoral en la provincia de Buenos Aires le da una legitimidad que no depende de la bendición de Cristina, algo inédito en la historia reciente del movimiento. Esa independencia, que antes era tolerada como conveniencia electoral, ahora es leída por La Cámpora como una traición en el peor momento posible. El fondo del conflicto es la definición de candidaturas para los próximos comicios. La Cámpora busca garantizar lugares en las listas para su propia estructura orgánica, consolidando así su presencia institucional más allá del destino judicial de su conductora. Kicillof, en cambio, quiere armar sus propias listas con perfiles que respondan a su gestión provincial, no a la lógica de cuadros partidarios que le deben el cargo a la organización. El problema estructural del peronismo queda expuesto con brutalidad en este episodio. El movimiento nunca resolvió cómo funcionar sin un liderazgo vertical indiscutido. Cuando ese liderazgo entra en crisis, ya sea por derrota electoral u origen judicial, emergen los conflictos que estaban latentes. La Cámpora construyó décadas de poder bajo la lógica de la lealtad incondicional; Kicillof propone, implícitamente, una lógica diferente basada en la gestión y la identidad territorial. Lo que está en juego no es solo quién encabeza una boleta. Es quién hereda el peronismo bonaerense e, indirectamente, quién conduce el principal distrito electoral del país. La provincia de Buenos Aires define presidencias, e internamente define quién tiene autoridad para hablar en nombre del espacio. Kicillof aspira a ese rol; La Cámpora no está dispuesta a cedérselo sin pelea. El cruce de Raverta es un indicador temprano de lo que será una disputa prolongada e intensa. La estrategia camporista es clara: instalar el costo moral de desafiar a Cristina mientras esta cumple condena. La estrategia de Kicillof, menos articulada en términos comunicacionales, consiste en acumular poder territorial e ignorar los tiempos que le marcan desde afuera. El peronismo enfrenta así su división más profunda en años, sin árbitro disponible y sin elección a la vista que fuerce una tregua.