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| sábado, 31 de octubre de 2026 |
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Kicillof defiende las PASO y rechaza un candidato impuesto
El gobernador bonaerense desafía abiertamente a la expresidenta y a Massa: no aceptará un ungido a dedo para 2027.
Axel Kicillof tomó una decisión política de alto voltaje: rechazar públicamente que Cristina Kirchner designe un candidato presidencial para 2027 e imponer las PASO como el mecanismo legítimo para dirimir la interna del peronismo. El gobernador bonaerense, figura con mayor caudal electoral propio dentro del espacio, deja en claro que no repetirá el rol de disciplinado que el kirchnerismo esperó de otros dirigentes. La jugada redefine el mapa de poder del peronismo antes de que empiece formalmente el ciclo electoral.
El antecedente que Kicillof no quiere repetir es explícito: la designación de Alberto Fernández en 2019, cuando Cristina Kirchner eligió al candidato e impuso la fórmula sin competencia interna. Esa experiencia derivó en un gobierno fracturado desde el primer día, con una vicepresidenta que operó permanentemente contra su propio presidente. Kicillof, que fue parte de ese ciclo como ministro de Economía en el primer gobierno de Cristina, conoce de adentro los costos de esa arquitectura de poder vertical.
La posición del gobernador no es solo una disputa de formas electorales: es una declaración de autonomía política frente a la conducción histórica del movimiento. Cristina Kirchner sigue siendo la figura con mayor capacidad de movilización e identidad dentro del peronismo, pero su poder de imposición sobre candidaturas enfrenta hoy una resistencia interna que hace un año era impensable. Kicillof representa la primera línea del propio espacio que le pone un límite formal.
Sergio Massa aparece también en la ecuación como destinatario del mensaje. El exministro de Economía y candidato presidencial derrotado en 2023 mantiene ambiciones para 2027 y construye su propia red territorial. Kicillof le cierra la posibilidad de un acuerdo cupular que lo excluya: si hay candidato del peronismo, debe surgir de una competencia abierta. Eso nivela el terreno e impide que ninguno de los dos pesos pesados —Cristina u el propio Massa— opere por encima del proceso.
Para el peronismo como fuerza, la exigencia de PASO implica reconocer que ya no existe una conducción unificada con autoridad indiscutida. La fragmentación que se hizo visible en la derrota de 2023 no se resolvió: se profundizó. Kicillof capitaliza esa crisis de conducción para presentarse como el garante de un proceso más democrático internamente, lo cual le da un argumento de legitimidad que ningún acuerdo de cúpula podría darle.
El riesgo de esta estrategia es real. Una PASO del peronismo puede exponer divisiones que la oposición —con Milei a la cabeza— aproveche para consolidar su ventaja. El oficialismo nacional llega a 2027 con una base electoral movilizada e ideológicamente cohesionada. Frente a eso, un peronismo que lleva su interna a las urnas antes de la elección general puede aparecer ante el electorado moderado como un espacio todavía sin conducción clara y sin proyecto común.
Lo que Kicillof habilita, sin embargo, es una disputa por el alma del peronismo que estaba bloqueada. Su jugada obliga a todos los actores a definirse antes de tiempo: Cristina deberá decidir si acepta competir en igualdad de condiciones u resistir desde afuera, y Massa deberá mostrar si tiene estructura real u solo expectativas. El gobernador bonaerense convierte así la discusión sobre el método electoral en una pelea por quién conduce el peronismo en la era post-kirchnerista.Más noticias de Datapolítica
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