domingo, 25 de octubre de 2026
 
 
     
La disputa por la sucesión ya genera tensiones en el Gobierno

La disputa por la sucesión presidencial ya genera tensiones en el Gobierno, mientras la economía agrega presión al escenario político libertario.

El gobierno de Javier Milei enfrenta una paradoja que define su momento político: mientras el Presidente intenta proyectar estabilidad hacia 2027, sus propios cuadros políticos alimentan una competencia interna que erosiona la cohesión del espacio. La pelea por la sucesión comenzó antes de tiempo e involucra a figuras con ambiciones propias que no esperan señales de largada. El resultado es un oficialismo que consume energía hacia adentro en un momento en que la economía exige concentración y respuestas. El contexto económico agrega una capa de complejidad que el Gobierno no puede ignorar. Los números recientes generaron inquietud en sectores del propio oficialismo, y los gobernadores ya elevaron un nuevo pedido formal al Ejecutivo. Esa presión territorial es un termómetro: cuando los mandatarios provinciales se mueven en bloque, la señal política que emiten no es menor. El federalismo argentino tiene memoria larga e historial de condicionar presidencias. El video de Patricia Bullrich funcionó como disparador visible de una tensión que ya existía en estado latente. Su circulación aceleró los tiempos del debate interno e instaló nombres propios en una discusión que Milei preferiría mantener fuera de la agenda pública. Que una figura del gabinete aparezca posicionándose con tanta anticipación revela que los incentivos individuales dentro del espacio ya superan a la disciplina colectiva. El último evento libertario mostró esa misma grieta en formato presencial. La trastienda del acto reflejó tensiones de protocolo, de ubicación y de protagonismo que, en política, nunca son casuales. Los gestos simbólicos dentro de un espacio de poder hablan antes que los discursos: quién está cerca del centro, quién es desplazado, quién construye foto propia. La advertencia de Milei sobre 2027 debe leerse en clave defensiva. El Presidente observa la dinámica e interviene verbalmente para ordenar, pero la experiencia histórica argentina indica que los liderazgos que deben pedir cohesión en voz alta ya perdieron parte de ella en silencio. Macri enfrentó un problema similar en 2018, cuando el armado del PRO comenzó a fracturarse antes de las elecciones de medio término. Lo que está en juego no es solo la candidatura de 2027 sino la capacidad del oficialismo de administrar el presente sin que la disputa futura paralice las decisiones del hoy. Un gobierno que negocia con gobernadores, contiene a su propia interna e intenta sostener un programa económico exigente necesita una mesa política unificada. Hoy esa mesa muestra fisuras. El verdadero riesgo no es que haya competencia interna, fenómeno normal en cualquier coalición con proyección electoral, sino que esa competencia sea destructiva, como el propio entorno presidencial la denomina. Una interna que desgasta imagen, dispersa mensajes e incentiva a cada actor a diferenciarse del otro puede volverse más costosa que cualquier oposición externa. El oficialismo tiene tiempo para corregir, pero ese tiempo no es infinito.