martes, 20 de octubre de 2026
 
 
     
El peronismo fragmentado no encuentra su eje antes de 2025

Sin conducción unificada ni agenda común, el PJ enfrenta un ciclo electoral con más preguntas abiertas que certezas estratégicas.

El peronismo argentino atraviesa una crisis de dirección que va más allá de las disputas internas habituales: carece de un liderazgo reconocido por el conjunto, de una plataforma programática compartida e incluso de un mecanismo de decisión colectiva que funcione. La multiplicidad de peleas simultáneas —entre líneas internas, entre gobernadores e intendentes, entre el kirchnerismo duro e incumbentes pragmáticos— no es solo ruido político sino evidencia de una estructura que no logra procesar sus propias contradicciones en tiempo electoral. El contexto agrava el problema. El espacio gobernó el país hasta diciembre de 2023 y perdió la presidencia en un escenario de inflación récord e imagen deteriorada. Esa derrota no produjo, como en otras épocas, una reorganización interna clara ni la emergencia de una conducción alternativa reconocida. Al contrario, profundizó la dispersión: cada sector interpretó el resultado electoral según su propia conveniencia e identificó culpables distintos. La ausencia de una figura aglutinante es uno de los factores estructurales más relevantes. Cristina Fernández de Kirchner mantiene peso simbólico pero acumula condena judicial e inhabilitación que limitan su proyección institucional. Ningún otro dirigente logra pararse por encima de las facciones con autoridad suficiente para imponer una hoja de ruta. Ese vacío no es coyuntural: refleja que el peronismo construyó su cohesión histórica alrededor de liderazgos personales fuertes, e intenta funcionar sin uno. Las peleas que se observan hoy tienen además una dimensión territorial decisiva. Los gobernadores peronistas administran provincias con lógicas propias, negocian con el gobierno de Javier Milei recursos e infraestructura, e intentan preservar su capital político local sin comprometerse con una línea nacional que podría resultarles costosa. Esa tensión entre la supervivencia provincial y la construcción de una alternativa nacional es uno de los nudos más difíciles de desatar antes de las legislativas de 2025. El armado electoral requiere definiciones que hoy el espacio no está en condiciones de dar: si va unido u en múltiples boletas, si prioriza candidatos propios o acuerdos con otros sectores de la oposición, e incluso qué perfil ideológico presenta ante un electorado que en 2023 castigó duramente la gestión kirchnerista. Cada una de esas preguntas abre conflictos internos que las conducciones intermedias prefieren postergar. Históricamente, el peronismo resolvió sus crisis internas por dos vías: la imposición de un liderazgo hegemónico o la derrota electoral que forzó la reorganización. Ninguna de las dos opera hoy con claridad. La derrota de 2023 no fue suficientemente traumática para disciplinar al conjunto, y no hay ningún actor con capacidad hegemónica real. Eso instala un escenario inédito: un peronismo que debe competir sin haber resuelto qué es ni quién lo conduce. Lo que está en juego no es solo el resultado de una elección intermedia sino la capacidad del movimiento para constituirse como oposición creíble e, eventualmente, como alternativa de gobierno en 2027. Cada mes que pasa sin resolución de los conflictos internos es tiempo que Milei aprovecha para consolidar su relato e instalar la idea de que la única opción organizada es la suya. El peronismo no tiene margen para seguir procesando sus crisis en público e indefinidamente.