sábado, 17 de octubre de 2026
 
 
     
PASO 2027: la reforma electoral como táctica, no como convicción

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El oficialismo avanza sobre la eliminación de las primarias con fecha tentativa en noviembre, pero el verdadero problema es quién acompaña a Milei.

El Gobierno nacional exhibe los votos suficientes para eliminar las PASO de cara al ciclo electoral 2027, pero la discusión real no pasa por la reforma en sí sino por una pregunta que nadie en la Casa Rosada quiere responder todavía en voz alta: qué lugar ocupa Patricia Bullrich en la fórmula presidencial. Martín Menem empuja para cerrar el debate parlamentario el 20 de noviembre, Diego Santilli agita el fantasma del kirchnerismo para disciplinar voluntades e impulsar adhesiones, e internamente el esquema Milei-Bullrich circula como globo de ensayo. Los tres movimientos son parte de una misma operación política. La eliminación de las PASO no es una reforma técnica: es una decisión que reorganiza el mapa de poder hacia adentro del sistema político argentino. Sin primarias, los partidos con mayor estructura orgánica pierden el mecanismo que les permite procesar sus disputas internas con financiamiento estatal e impacto público. Para La Libertad Avanza, que carece de esa estructura, la supresión es funcionalmente conveniente: consolida la conducción verticalista de Milei como único árbitro de las candidaturas. Bullrich representa el nudo más complicado de esa ecuación. Su pase al libertarismo en 2023 fue presentado como una incorporación estratégica de cuadros e infraestructura del PRO. Hoy, la posibilidad de que encabece la vicepresidencia en 2027 reactiva tensiones no resueltas: ni su lealtad es total hacia Milei, ni su base política original la acompaña en bloque. La propia Bullrich advirtió que los votos para la reforma aún no están cerrados, una señal que puede leerse como cautela técnica u como presión negociadora. Santilli, mientras tanto, opera desde otro ángulo. Su apelación al miedo al kirchnerismo es un recurso clásico de la centroderecha argentina para neutralizar disidencias internas e inhibir rupturas. La lógica es conocida: cualquier fractura del espacio oficialista es funcional al regreso del peronismo kirchnerista. El argumento tiene eficacia electoral probada, pero también un límite: cuando se usa como sustituto del debate programático, termina siendo una trampa para el propio espacio que lo emplea. La fecha del 20 de noviembre que maneja Menem no es arbitraria. El calendario legislativo se cierra, la presión sobre los bloques aliados se intensifica e el oficialismo necesita mostrar capacidad de gestión parlamentaria antes de que arranque el verano político. Aprobar la reforma electoral sería una señal de fortaleza institucional en un contexto donde LLA todavía depende de acuerdos frágiles con sectores del PRO e del peronismo no kirchnerista para sostener mayorías. El problema estructural es que la discusión sobre Bullrich en la fórmula anticipa un conflicto mayor: la definición del perfil ideológico e identitario del proyecto Milei de cara a su segunda candidatura. Incorporar a Bullrich implica asumir una moderación relativa hacia el establishment de centroderecha. Descartarla implica profundizar la lógica rupturista e identitaria del movimiento libertario. Ninguna de las dos opciones está libre de costos. DataPolitica sostiene que la reforma electoral funciona aquí como pantalla. El verdadero laboratorio político de estas semanas no está en el Congreso sino en las conversaciones reservadas sobre listas, nombres e identidad de coalición. La eliminación de las PASO puede prosperar. Pero la cohesión del espacio que lleve esa reforma a las urnas en 2027 depende de tensiones que hoy no tienen resolución a la vista.