sábado, 17 de octubre de 2026
 
 
     
El peronismo ante su dilema: unidad real o coalición de emergencia

Escuchar
Larroque expone la fractura interna del PJ bonaerense y advierte que repetir la lógica de 2019 puede ser el camino más corto a la derrota.

Andrés Larroque, ministro bonaerense e histórico dirigente de La Cámpora, tomó distancia pública del kirchnerismo ortodoxo para plantear una advertencia que el peronismo preferiría no escuchar: la unidad sin conducción clara no es unidad, es ruido organizado. La declaración no es un dato menor. Larroque forma parte del núcleo duro del movimiento, e interpelar desde adentro la lógica de las alianzas amontonadas implica reconocer que el modelo de 2019 —donde la foto de Aeropuerto tapó durante meses las contradicciones reales— terminó en un gobierno paralizado e ingobernable. El contexto en el que emerge esta tensión es revelador. Una encuesta nacional confirma lo que la dirigencia peronista evita decir en voz alta: divididos, tanto el PJ como el kirchnerismo quedan relegados detrás de La Libertad Avanza. El dato electoral no es una proyección abstracta sino una presión concreta sobre dirigentes que deben definir candidaturas en un escenario donde Milei consolida imagen de gestión entre segmentos que históricamente votaban peronismo. Lo que Larroque pone sobre la mesa es, en el fondo, una disputa por la conducción política del espacio. La palabra 'conducción' aparece dos veces en su planteo —conducción política e conducción estatal— e esa repetición no es casual. Es una señal hacia Cristina Fernández de Kirchner, que desde la presidencia del PJ nacional ejerce autoridad simbólica pero cuya capacidad de traducir esa autoridad en liderazgo electoral efectivo está bajo escrutinio. El antecedente de la fórmula Fernández-Fernández opera como caso testigo de todo lo que Larroque rechaza. Aquella construcción fue presentada como síntesis superadora pero encubría una delegación de poder sin acuerdo real sobre el programa de gobierno. El resultado fue una administración donde la interna se resolvió en los medios, los mercados e la opinión pública, con un costo político que el peronismo aún no terminó de procesar. La posición de Larroque abre una grieta analítica importante: ¿puede el peronismo bonaerense funcionar como actor autónomo respecto del kirchnerismo nacional? La provincia de Buenos Aires sigue siendo la principal usina electoral del espacio, e el gobernador Axel Kicillof representa hoy una alternativa de poder con perfil propio. El vínculo entre Kicillof e el ala dura kirchnerista es tenso pero no roto, e Larroque opera en ese margen con precisión quirúrgica. La exigencia de claridad en la conducción estatal también tiene una lectura hacia adentro del aparato bonaerense. Implica que la provincia no puede subordinar su agenda de gestión a los tiempos e urgencias de una interna nacional que se dirime en otro tablero. Kicillof necesita llegar a 2027 con indicadores propios que lo distingan, no como variable dependiente de un frente que aún no sabe quién lo encabeza. El peronismo enfrenta así su dilema histórico en versión agravada: la unidad es condición necesaria pero no suficiente para competir, e la conducción compartida es, casi siempre, una ficción que dura hasta la primera crisis. Larroque lo dice en voz alta. Que nadie dentro del espacio lo contradiga con argumentos es, en sí mismo, un síntoma del problema que describe.