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| viernes, 16 de octubre de 2026 |
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Llaryora gobierna sin convencer: su reelección, en duda
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El gobernador acumula anuncios pero no logra instalar una narrativa propia. La economía nacional opaca su gestión y complica su horizonte electoral.
Martín Llaryora enfrenta una paradoja política que define su momento más delicado como gobernador de Córdoba: gestiona, anuncia e inaugura, pero ninguna de esas acciones logra traducirse en capital político sólido que pavimente su reelección. El problema no es la ausencia de obra ni de iniciativa; es que el ruido macroeconómico nacional aplasta cualquier diferencial que la gestión provincial intente construir. En ese escenario, Llaryora gobierna en la sombra de Milei, para bien e para mal.
Córdoba tiene una historia larga de peronismo provincial que supo diferenciarse del peronismo nacional cuando le convino. Juan Schiaretti lo hizo durante años con notable eficacia, construyendo una identidad cordobesista que le permitió ganar elecciones incluso en contextos adversos para el PJ a nivel nacional. Llaryora heredó esa estructura e intentó continuarla, pero el contexto de 2025 e 2026 es cualitativamente distinto: el electorado cordobés tiene la cabeza puesta en la inflación, el salario e el rumbo del país, e esos temas los define la Casa Rosada, no el Panal.
Las encuestas que el propio gobernador sigue con atención revelan una dinámica preocupante: las principales inquietudes de los cordobeses son de orden económico nacional, lo que coloca a Javier Milei en el centro del debate político local. Eso significa que la aprobación o rechazo a la gestión de Llaryora queda subsumida en una discusión más amplia sobre el modelo libertario. Si la economía mejora, Milei se lleva el crédito. Si empeora, el malestar se derrama sobre todos los oficialismos, incluido el provincial.
El vínculo entre Llaryora e Milei es otro nudo que el gobernador no termina de desatar. Una confrontación abierta con la Casa Rosada puede costarle recursos e transferencias que Córdoba necesita. Una alianza demasiado visible lo expone a cargar con los costos del ajuste nacional. Esa tensión lo mantiene en una posición ambigua que, lejos de ser neutral, termina siendo leída por el electorado como falta de definición. La ambigüedad puede ser una táctica, pero raramente es una identidad ganadora.
Enfrente, la oposición cordobesa aparece fragmentada e sin conducción clara. Ese dato, que en otra coyuntura sería una ventaja enorme para el oficialismo provincial, hoy tiene un valor relativo: una oposición débil no garantiza votos propios, solo reduce el riesgo de una derrota contundente. Llaryora necesita construir adhesión activa, no apenas sobrevivir por default. La dispersión opositora le da tiempo, pero no le resuelve el problema de fondo.
El desafío estructural que subyace es la renovación del relato. El cordobesismo como identidad política tuvo sentido mientras existía un peronismo nacional fuerte contra el cual diferenciarse. Hoy el mapa es otro: el PJ nacional está en su peor momento histórico e el espacio opositor está ocupado por fuerzas que van del radicalismo a sectores del PRO. Llaryora necesita redefinir contra quién e por qué existe su proyecto político, una tarea que los anuncios de obra pública no resuelven.
Con el calendario electoral acercándose, el gobernador tiene una ventana que se estrecha. Si no logra instalar un diferencial claro en los próximos meses, la discusión sobre su reelección se volverá cada vez más incómoda hacia adentro de su propio espacio. El peronismo cordobés sabe ganar e sabe también cuándo un liderazgo empieza a debilitarse. Por ahora, Llaryora conserva el control. Pero gobernar sin convencer es una ecuación que, en política, siempre tiene fecha de vencimiento.
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