lunes, 12 de octubre de 2026
 
 
     
El peronismo cordobés corteja al evangelismo como capital territorial

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Llaryora institucionaliza el vínculo con las iglesias evangélicas mediante una red en los 26 departamentos, convirtiendo la fe en infraestructura política.

El gobernador Martín Llaryora lanzó en Río Tercero una iniciativa para articular una red provincial de referentes evangélicos, con David Consalvi como figura articuladora. El movimiento no es pastoral: es político. La arquitectura del proyecto —26 departamentos, programas provinciales canalizados a través de comunidades religiosas— revela una estrategia de penetración territorial que usa el tejido evangelista como correa de transmisión del Estado provincial. El evangelismo argentino lleva más de una década consolidándose como actor político de peso. Lo que comenzó como fenómeno suburbano y marginal se transformó en una red densa de contención social que compite con —y muchas veces supera— la capacidad de llegada de los partidos tradicionales. Las iglesias evangélicas sostienen comedores, acompañan familias en crisis, operan en los intersticios donde el Estado llega tarde o no llega. Esa capilaridad es exactamente lo que Llaryora quiere capturar. El peronismo cordobés históricamente construyó poder sobre la gestión de recursos y la administración de redes intermedias. El schiarettismo primero, el llaryorismo ahora, perfeccionaron ese modelo: identificar actores con anclaje territorial real y convertirlos en socios de la maquinaria provincial. Los sindicatos, las mutuales, las ONG y ahora las iglesias evangélicas siguen la misma lógica de cooptación funcional. La elección de Río Tercero como escenario de lanzamiento no es casual. La ciudad industrial del sur cordobés concentra comunidades evangelistas de larga data y es terreno fértil para testear la iniciativa antes de escalarla. Consalvi, figura con llegada propia dentro del mundo evangélico provincial, opera como puente de credibilidad: su presencia legitima el vínculo ante las comunidades y reduce la resistencia a una articulación que de otro modo podría leerse como instrumentalización. Hay una tensión de fondo que el oficialismo prefiere no nombrar. Las iglesias evangélicas no son homogéneas ni ideológicamente neutrales. Una porción relevante del evangelismo argentino gravitó en los últimos años hacia posiciones de derecha cultural, con afinidades hacia el espacio libertario o hacia sectores del PRO. Llaryora apuesta a que la oferta de recursos concretos —programas, acceso, reconocimiento institucional— puede superar esa brecha ideológica y anclar a esas comunidades en la órbita del peronismo cordobés. El contexto nacional agrega una dimensión adicional. En un escenario donde La Libertad Avanza disputa activamente el voto popular con una retórica antisistema que resuena en sectores evangelistas, el peronismo necesita retener espacios de mediación social que antes daba por garantizados. La red provincial que impulsa Llaryora es, en parte, una respuesta defensiva: si el Estado provincial no ocupa ese espacio de articulación, otro actor político lo hará. El riesgo del esquema es su propia lógica clientelar. Convertir a las iglesias en operadoras de programas estatales puede erosionar su autonomía y, con ella, la credibilidad que las hace políticamente valiosas. Si las comunidades perciben que el vínculo es instrumental y no genuino, el efecto puede invertirse: la red se convierte en evidencia del oportunismo oficialista en lugar de en un activo territorial. Llaryora apuesta fuerte, pero el capital evangelista es más difícil de administrar que un subsidio.