viernes, 9 de octubre de 2026
 
 
     
Izquierda sin clase obrera: el problema que nadie quiere nombrar

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Horowicz radiografía el vacío representativo del progresismo latinoamericano cuando el trabajo ya no es el eje ordenador de la política.

El ensayista Alejandro Horowicz volvió a poner sobre la mesa una incomodidad estructural que la izquierda argentina y latinoamericana evita sistematicamente: la ruptura entre los movimientos populares y la clase trabajadora como sujeto político orgánico. Su análisis sobre la derrota de Lula, las mutaciones del peronismo y los límites de figuras como Myriam Bregman no es un ejercicio académico menor. Es un diagnóstico sobre por qué el progresismo acumula adhesiones electorales pero pierde capacidad transformadora. El punto de partida de Horowicz es la degradación del ciudadano en consumidor. No es una metáfora retórica: es la descripción precisa de cómo el capitalismo de plataformas y el neoliberalismo tardío disolvieron los lazos de clase que durante el siglo XX dieron coherencia a los proyectos de izquierda. Sin esa base material, los liderazgos populares quedan suspendidos en el aire, dependientes de la figura carismática y vulnerables a cualquier crisis económica que afecte el bolsillo individual. El paralelo que traza entre antiperonismo y antilulismo es políticamente revelador. En ambos casos, las coaliciones opositoras no construyeron una alternativa programática: articularon un rechazo visceral a líderes que representaban a sectores históricamente excluidos. Esa dinámica no es ideológica en sentido estricto, es identitaria. Y cuando la política se organiza por identidades de rechazo, el debate sobre el modelo de país desaparece. La derrota de Lula merece una lectura que en Argentina se evita por comodidad. El PT gobernó Brasil durante años con una coalición que incluía al agronegocio, a sectores financieros y a iglesias evangélicas. Esa arquitectura de poder le permitió gobernar pero erosionó su capacidad de transformar. Cuando llegó la presión del mercado y la ofensiva conservadora, la base social del lulismo no tenía densidad organizativa para resistir. El sindicalismo brasileño, como el argentino, perdió músculo político real. El peronismo atraviesa una transformación análoga pero con sus propias particularidades. La CGT existe como aparato de negociación corporativa, no como expresión de un proyecto de clase. El kirchnerismo construyó su capital político sobre la recuperación económica y el relato de derechos, pero no reorganizó el poder sindical ni modificó la estructura productiva de manera profunda. Milei no surgió del vacío: emergió de ese espacio dejado libre por una representación obrera que dejó de representar. Las limitaciones que Horowicz señala en Bregman y en el Frente de Izquierda apuntan a una tensión real. La izquierda trotskista argentina mantiene un discurso de clase en un momento en que la clase trabajadora formal se fragmentó, precarizó y perdió identidad colectiva. Hay honestidad intelectual en ese posicionamiento, pero también hay un problema de interpelación: hablar en nombre de un sujeto que ya no se reconoce en ese nombre es una forma de impotencia política disfrazada de pureza programática. Lo que emerge del análisis de Horowicz es una pregunta sin respuesta cómoda: ¿quién organiza políticamente a los que el capitalismo global dejó afuera, si los sindicatos burocratizaron, los partidos de izquierda se marginaron y los liderazgos populares caen en la trampa del posibilismo? Esa pregunta define la encrucijada de toda la centroizquierda latinoamericana hoy, y Argentina no es la excepción sino el caso más agudo.