jueves, 8 de octubre de 2026
 
 
     
El miedo al pasado, el principal activo electoral de Milei

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La aversión al retorno kirchnerista opera como cemento social del experimento libertario, más allá de sus resultados concretos.

El politólogo Gustavo Marangoni puso sobre la mesa una hipótesis incómoda para la oposición: el principal sostén del gobierno de Javier Milei no es el entusiasmo por su programa, sino el pánico colectivo a que regrese lo anterior. La comparación con la Francia de 1789 no es un adorno retórico. Es una radiografía del estado de ánimo de una franja decisiva del electorado argentino que tolera el ajuste, la incertidumbre y el deterioro de servicios públicos con tal de no revivir la experiencia kirchnerista. Ese dato define la geometría del poder en 2025. La elección de medio término se perfila como un test crítico no solo para el oficialismo sino para la capacidad opositora de construir una narrativa alternativa creíble. Marangoni advierte que el peronismo enfrenta un problema estructural: no alcanza con señalar los costos sociales del ajuste si no existe una propuesta que disocie al movimiento de sus propios errores de gestión. La memoria del 2019-2023 sigue siendo una hipoteca electoral de primer orden para cualquier candidato con apellido peronista o aliado al espacio. El contexto regional agrega capas de complejidad al análisis. El resultado electoral en Brasil, donde Lula da Silva enfrenta una erosión sostenida de imagen pese a indicadores macroeconómicos relativamente favorables, confirma que la polarización no se resuelve con gestión tecnocrática. La grieta ideológica latinoamericana tiene combustible propio, alimentado por redes sociales, medios de trinchera y liderazgos que priorizan la intensidad del vínculo emocional sobre la racionalidad programática. En Argentina esa dinámica alcanzó su expresión más extrema con el ascenso de La Libertad Avanza. Milei no ganó en 2023 solo por sus propuestas económicas heterodoxas, sino porque encarnó la ruptura emocional con un sistema político percibido como corrupto e ineficiente. Ese capital simbólico de la disrupción se mantiene operativo incluso cuando los salarios reales siguen por debajo de los niveles prepandemia y la pobreza estructural no cede. El votante que lo eligió no evalúa resultados en términos lineales. Para el peronismo el desafío es doble y paradójico. Debe diferenciarse de su propio pasado reciente sin renegar de su identidad histórica, y debe ofrecer una salida a una crisis que en parte contribuyó a generar. Ninguno de los liderazgos actuales del espacio, ni Cristina Fernández de Kirchner desde su rol judicial y político, ni los gobernadores del PJ territorial, ni la fragmentada centroizquierda porteña, tiene hoy la autoridad moral ni la proyección electoral suficiente para articular esa síntesis. La dispersión es funcional a Milei. La narrativa del antiguo régimen que describe Marangoni tiene, sin embargo, una fecha de vencimiento incierta pero real. Las sociedades que votan por ruptura radical suelen tolerar los costos de la transición hasta que la promesa de transformación choca con la experiencia cotidiana de manera irreversible. En Argentina ese umbral depende en gran medida de variables externas, tipo de cambio, inflación, empleo, que el gobierno no controla del todo. Un shock negativo puede reconfigurar el mapa emocional más rápido que cualquier campaña opositora. Lo que Marangoni deja flotando, sin formularlo del todo, es la pregunta más incómoda de la política argentina actual: si la oposición no logra ofrecer una identidad nueva antes de 2027, el miedo al pasado seguirá siendo el mejor jefe de campaña que tiene Milei, y ningún indicador económico adverso alcanzará para desactivarlo.