domingo, 4 de octubre de 2026
 
 
     
La expulsión de Grabois, un golpe al corazón del Congreso

Escuchar
LLA impulsa un proyecto para sacar a Grabois de la Cámara por sus declaraciones, pero la iniciativa revela más sobre el oficialismo que sobre el diputado.

La iniciativa presentada por la diputada de La Libertad Avanza Silvana Giudici para expulsar al legislador Juan Grabois de la Cámara de Diputados no es, en rigor, un debate sobre los límites del lenguaje político en la Argentina. Es algo más revelador: un movimiento que expone la fragilidad institucional de un oficialismo que construyó su identidad electoral sobre la provocación verbal y que ahora intenta usar las mismas instituciones que desprecia para disciplinar a su adversario más ruidoso. Grabois acumula una larga historia de declaraciones incendiarias, insultos públicos y provocaciones que exceden con frecuencia los márgenes del debate parlamentario convencional. Ese estilo confrontativo es parte de su construcción política y le ha dado visibilidad en un espacio de centroizquierda fragmentado y en busca de referentes. Pero ese mismo diagnóstico aplica, con igual o mayor intensidad, al presidente Javier Milei, quien desde la campaña de 2021 hasta sus redes sociales actuales sostiene un registro de agresión verbal que ningún proyecto de LLA parece dispuesto a cuestionar. La doble vara no es un detalle menor: es la sustancia del problema. Cuando un bloque oficialista activa mecanismos institucionales excepcionales contra un opositor por conductas que replica cotidianamente su propio líder, el gesto pierde toda legitimidad normativa y se transforma en pura operación política. La expulsión de un legislador es una herramienta extrema, reservada históricamente para casos de corrupción probada o quiebre grave del orden democrático, no para administrar el tono del debate. En términos de coyuntura legislativa, el movimiento de Giudici tampoco es inocente en su timing. LLA atraviesa semanas de tensión interna y dificultades para consolidar su bloque en la Cámara baja. Lanzar una cruzada contra Grabois cumple varias funciones simultáneas: distrae de esas fracturas, activa a la base militante libertaria y coloca al kirchnerismo en una posición reactiva, obligado a defender a uno de sus dirigentes más divisivos incluso dentro del propio peronismo. El kirchnerismo, por su parte, enfrenta el dilema de siempre con Grabois: defenderlo implica avalar un estilo que muchos dirigentes del espacio encuentran contraproducente; abandonarlo implica una señal de debilidad interna en un momento en que la coalición opositora busca reconstruir credibilidad. Grabois no es un cuadro orgánico disciplinado sino una figura que opera con autonomía y que genera tanto adhesión popular como incomodidad en los estados mayores del Frente de Todos. Desde una perspectiva institucional más amplia, el episodio ilumina un deterioro sostenido del Congreso como espacio de deliberación. Cuando las bancadas utilizan los reglamentos internos como extensión de la guerra cultural, el Parlamento pierde su función específica y se convierte en un teatro de operaciones del conflicto mediático. Argentina ya tiene antecedentes de intentos de expulsión fallidos que solo sirvieron para agrandar la figura del apuntado. El dato político más relevante no es si el proyecto prosperará, porque casi con certeza no reunirá los votos necesarios. Lo relevante es que LLA eligió este camino en lugar de construir una agenda legislativa propia que le permita diferenciarse en términos programáticos. Esa elección habla de un oficialismo que sigue más cómodo en la lógica del enfrentamiento permanente que en la de la gestión institucional, lo cual plantea preguntas serias sobre su capacidad para sostener gobernabilidad en el mediano plazo.