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| domingo, 4 de octubre de 2026 |
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El inversor llega, pero el votante duda: la paradoja Milei
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La gira europea cosecha promesas de capital mientras la economía doméstica y la incertidumbre electoral erosionan la base política del proyecto libertario.
La visita de Javier Milei a Francia con anuncios de inversión extranjera instala una tensión estructural que define la etapa actual del gobierno libertario: la vidriera internacional brilla mientras el escaparate doméstico muestra fisuras cada vez más difíciles de ignorar. El presidente negocia con capitales europeos en un registro de estadista global, pero el termómetro político interno marca fiebre. Esa distancia entre la narrativa del éxito exportado y la percepción local de la economía es, hoy, el principal problema político de La Libertad Avanza.
El contexto no es menor. Argentina llega a esta instancia con un programa de estabilización que logró doblegar la inflación mensual pero que no consiguió traducir ese logro macroeconómico en recuperación sostenida del salario real ni en dinamismo del consumo. La foto del déficit cero convive con la película de una clase media que todavía no percibe el rebote prometido. Ese desfasaje temporal entre el ajuste y sus supuestos beneficios es el terreno donde crecen las dudas electorales.
Las inversiones anunciadas desde París tienen un problema político de origen: los plazos. El capital extranjero que se compromete hoy materializa obras, empleos e impacto territorial en horizontes de mediano plazo, incompatibles con el ciclo electoral inmediato. Milei necesita resultados visibles antes de octubre de 2025. Los inversores, en cambio, operan con lógicas de rentabilidad que no reconocen calendarios comiciales argentinos.
El escenario opositor tampoco ofrece alivio al oficialismo. El peronismo no termina de reorganizarse alrededor de una figura con capacidad real de disputar la centralidad, pero acumula territorio en los municipios y consolida redes de contención social que el Estado nacional desarmó con la motosierra. Esa presencia capilar puede convertirse en estructura electoral en el momento preciso, sin necesidad de un liderazgo nacional unificado.
Hay un antecedente que la historia argentina repite con notable regularidad: los gobiernos que privilegian la señal externa sobre la gestión interna suelen pagar un costo político diferido pero contundente. La convertibilidad de Menem sedujo a los mercados durante años antes de que la inconsistencia interna la volara. No se trata de equiparar modelos, sino de advertir que la confianza de los inversores no reemplaza la confianza de los votantes, y que ambas responden a variables distintas.
La figura de Milei agrega una variable específica: su capital político es personal, volátil y dependiente de la épica del combate contra la casta. Cuando el relato de la batalla se institucionaliza en giras y reuniones con fondos de inversión, algo del voltaje original se disipa. El electorado que lo llevó al poder en 2023 lo hizo sobre una promesa de ruptura visceral, no de normalización liberal. Administrar esa tensión entre la gobernabilidad que exige el capital y la irreverencia que demanda su base es el ejercicio político más delicado que enfrenta el Ejecutivo.
El dato más relevante de este momento no es cuántos millones prometió tal o cual fondo en Francia. El dato relevante es si Milei llega a las legislativas de 2025 con una coalición ampliada o reducida, con una economía que valida su discurso o lo contradice. Las inversiones son una apuesta al futuro. Las elecciones son una cuenta regresiva. Y en Argentina, esos dos relojes casi nunca marcan la misma hora.
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