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| domingo, 4 de octubre de 2026 |
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El relato Milei: cuando la narrativa reemplaza a la política
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El Presidente consolida un estilo de comunicación donde la ficción simbólica opera como sustituto del debate programático real.
Javier Milei lleva meses construyendo algo que excede la simple excentricidad personal: un sistema narrativo cerrado donde perros clonados fallecidos, asesores imaginarios y metáforas de laboratorio reemplazan el lenguaje técnico de la gestión pública. Lo que desde afuera parece extravagancia es, en realidad, una arquitectura deliberada de comunicación política que cumple una función precisa: blindar al líder de la rendición de cuentas convencional.
El fenómeno no es nuevo en la política argentina ni en el populismo global. Lo novedoso en el caso Milei es la fusión entre el registro libertario —con su vocación disruptiva y antipolítica— y una mitología personal de densidad inusual. El Presidente no solo propone ideas; habita un universo propio con reglas internas coherentes, donde la economía la explican los espíritus de sus mascotas y donde él mismo se presenta como el elegido para demoler un sistema que nadie más comprende del todo.
Esta construcción tiene un costo político diferido pero concreto. Mientras la narrativa paralela captura la atención mediática y polariza la discusión pública en torno a su figura, los indicadores de gestión quedan desplazados del centro del debate. La inflación, el salario real, el nivel de actividad y la situación social operan en un segundo plano informativo que la teatralidad presidencial contribuye a oscurecer.
Los sectores que rodean a Milei dentro del oficialismo muestran señales ambivalentes frente a este estilo. Una parte del gabinete y de La Libertad Avanza lo tolera como costo necesario del liderazgo carismático que les dio poder. Otra fracción, más orientada a la gestión técnica, observa con incomodidad creciente cómo el relato fantástico puede convertirse en un lastre cuando las condiciones económicas endurezcan el humor social.
La oposición, por su parte, no ha encontrado aún el registro eficaz para procesar este fenómeno. Atacar la excentricidad de Milei en términos de salud mental o de ridiculización resulta contraproducente: refuerza su imagen de outsider perseguido por una casta que no lo comprende. El desafío opositor es correrse del plano simbólico y forzar el debate hacia terreno concreto, donde los números de la economía real imponen su propia lógica.
Hay un antecedente histórico relevante: el kirchnerismo también construyó un relato paralelo con alta intensidad simbólica, donde la épica nacional y popular operaba como marco interpretativo que resignificaba hasta los datos adversos. Milei replica esa lógica con otros contenidos ideológicos pero con idéntica función: el relato no describe la realidad, la administra. La diferencia es que el kirchnerismo lo hizo desde el Estado expandido; Milei lo hace mientras promete demolerlo.
Lo que está en juego en el mediano plazo es la sustentabilidad de ese contrato comunicacional con la sociedad. Los electorados toleran las narrativas fantásticas mientras perciben resultados tangibles o mientras el adversario les resulta más amenazante que el líder excéntrico. Cuando esa ecuación cambia, el mismo rasgo que construyó el liderazgo puede acelerar su erosión. El país de las maravillas de Milei tiene fecha de vencimiento: la pone la economía, no la política.
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