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| lunes, 5 de octubre de 2026 |
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Milei convierte a La Nación en su nuevo frente de guerra mediática
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El presidente atacó con insultos a columnistas del diario histórico del establishment. La escalada revela una fractura política de fondo.
Javier Milei cruzó un umbral político significativo al insultar públicamente a Carlos Pagni, Diego Liotti, Fernán Saguier y Joaquín Morales Solá, columnistas y directivos de La Nación, el diario históricamente más identificado con el mundo de los negocios, las clases altas y el pensamiento liberal-conservador argentino. No se trata de un exabrupto aislado: es la confirmación de que el presidente ha decidido romper con el único sector de la prensa que, hasta hace poco, le era ideológicamente afín.
La Nación no es Página 12 ni El Destape. Es el medio que durante décadas legitimó a las derechas argentinas, el que acompañó con simpatía el ascenso de Milei y el que todavía hoy comparte con él una agenda anti-kirchnerista. Que el presidente elija a ese diario como blanco de sus agresiones más vulgares indica que el conflicto ya no es ideológico sino de control: Milei no tolera prensa independiente, ni siquiera la que le es favorable en términos programáticos.
El patrón de comportamiento es consistente y merece ser leído como estrategia, no como temperamento. Cada vez que un medio publica información que incomoda al Ejecutivo —críticas a la gestión económica, cuestionamientos a decisiones de política exterior o señalamientos sobre el entorno presidencial— Milei responde con descalificaciones personales en redes sociales. El objetivo no es el debate: es la disuasión y el disciplinamiento del ecosistema informativo.
El uso del insulto como herramienta política tiene además una función interna: consolida la identidad del votante libertario, que interpreta cada ataque presidencial como una prueba de autenticidad y valentía frente al 'sistema'. En ese marco, agredir a La Nación tiene un rédito simbólico enorme para la tropa propia, porque demuestra que Milei no le debe nada a nadie, ni siquiera a sus aliados naturales en el mundo cultural y empresarial.
Sin embargo, la escalada tiene costos concretos que el oficialismo parece subestimar. La tensión con La Nación deteriora el vínculo con sectores del establishment económico que todavía observan el experimento libertario con cautela y necesitan de ese diario como referencia. Además, normalizar el insulto presidencial como forma de relacionamiento con la prensa erosiona institucionalmente un gobierno que ya enfrenta cuestionamientos por la concentración de poder en el Ejecutivo.
Históricamente, los gobiernos argentinos que entraron en guerra abierta con medios influyentes terminaron pagando costos políticos mayores de los esperados. El kirchnerismo libró su propia batalla contra Clarín durante años y, aunque construyó una narrativa épica alrededor de ese conflicto, el desgaste fue real y acumulativo. Milei parece repetir el esquema pero sin la base territorial ni los recursos institucionales que tenía el kirchnerismo en sus años de mayor poder.
El episodio no debe leerse como anécdota de redes sociales. Es un síntoma de cómo el gobierno procesa la crítica: con negación, agresión y polarización. En un contexto donde los indicadores sociales siguen siendo frágiles y la coalición política del oficialismo muestra tensiones internas, la guerra mediática permanente funciona como cortina de humo pero también como fuente de desgaste propio. La pregunta relevante es cuánto tiempo puede un gobierno sostener esa estrategia antes de que el costo supere al beneficio.
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