miércoles, 30 de septiembre de 2026
 
 
     
30 años de autonomía porteña: una conquista inacabada que aún disputa

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El aniversario de la Constitución de la Ciudad expone una autonomía que nunca se completó y que hoy enfrenta nuevas amenazas desde la Nación.

Tres décadas después de la Convención Constituyente de 1996, la Ciudad de Buenos Aires celebra su mayoría de edad institucional con una paradoja central: la autonomía que aquella carta magna prometía sigue siendo un proyecto inconcluso. El acto encabezado por Jorge Macri reunió a los protagonistas de aquel proceso histórico, pero la nostalgia no alcanza para ocultar que las deudas pendientes son tan grandes como los avances celebrados. La Constitución porteña fue una consecuencia directa de la reforma constitucional nacional de 1994, que en su artículo 129 reconoció a Buenos Aires un régimen de gobierno autónomo con facultades propias de legislación y jurisdicción. Sin embargo, esa autonomía nació condicionada: la transferencia plena de competencias penales, la traspaso de la Justicia Nacional ordinaria y el control total de las fuerzas de seguridad quedaron trabados durante treinta años por resistencias políticas y burocráticas que ningún gobierno logró vencer del todo. Jorge Macri eligió la frase 'conquista, no trámite' como eje del acto, una definición que tiene tanto de reivindicación histórica como de operación política presente. El jefe de Gobierno porteño atraviesa una relación compleja con la administración de Javier Milei, que recortó fondos de coparticipación y avanzó sobre competencias que la Ciudad consideraba propias. En ese contexto, agitar la bandera autonómica es también una forma de marcar territorio frente al gobierno nacional. La presencia de exjefes de Gobierno como Aníbal Ibarra, Jorge Telerman o Mauricio Macri —con sus diferencias ideológicas profundas— revela algo significativo: la defensa de la autonomía porteña es uno de los pocos consensos transversales que sobreviven en la política local. Todos, desde distintas veredas, construyeron poder sobre esa base institucional y ninguno tiene incentivos para cederla. Sin embargo, el balance de tres décadas obliga a la autocrítica. La Ciudad concentra el mayor presupuesto per cápita del país, las mejores infraestructuras y los índices sociales más favorables, pero la autonomía no resolvió la fragmentación territorial interna ni la desigualdad entre comunas. La carta magna de 1996 incluyó derechos sociales avanzados que en muchos casos permanecen como promesas constitucionales sin correlato presupuestario real. El debate sobre la autonomía incompleta tiene además una dimensión federal que el acto tendió a soslayar. La disputa por los recursos entre la Ciudad y el resto de las provincias no es un dato menor: Buenos Aires concentra poder económico e institucional que el interior percibe como un privilegio histórico. Celebrar la autonomía sin discutir esa asimetría estructural es una lectura parcial de la historia. A treinta años de aquella Convención, la pregunta relevante no es si la autonomía fue una conquista —lo fue— sino por qué sigue sin completarse y quiénes se benefician de esa incompletud. La respuesta, incómoda para todos los oradores del acto, apunta tanto a la Nación que nunca transfirió todo lo prometido como a una Ciudad que a veces prefiere reclamar autonomía en los discursos antes que asumir los costos políticos de ejercerla plenamente.