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| martes, 29 de septiembre de 2026 |
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París como vidriera: Milei lleva medio gabinete al Foro de IA
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El Presidente viaja con 13 gobernadores y una delegación masiva de empresarios. La magnitud del operativo revela una urgencia que el discurso libertario
La delegación argentina que parte este martes hacia París no es una comitiva diplomática ordinaria. Es, en términos políticos, una confesión implícita: la inversión extranjera no llegó por la sola fuerza del ajuste fiscal ni por la desregulación proclamada desde el primer día de gestión. Milei necesita salir a buscarla, y lo hace con una liturgia que sus propios postulados ideológicos deberían rechazar: el Estado como promotor activo, los gobernadores como vendedores territoriales y el propio Presidente como jefe de misión comercial.
La presencia de 13 gobernadores es el dato político más revelador del viaje. Implica una coordinación con el peronismo provincial y con aliados circunstanciales que, en el plano doméstico, protagonizan tensiones permanentes con la Casa Rosada por coparticipación, obra pública y transferencias discrecionales. El acuerdo tácito es claro: afuera, todos juntos; adentro, cada uno defiende lo suyo. Esa dualidad habla de un vínculo entre Nación y provincias que sigue siendo frágil y transaccional.
El encuentro bilateral con Emmanuel Macron tiene una dimensión que excede lo protocolario. Francia es uno de los principales inversores europeos en Argentina y un actor clave dentro de la Unión Europea, bloque con el que el Mercosur acaba de cerrar un acuerdo comercial largamente postergado. La sintonía ideológica entre ambos líderes es prácticamente nula, pero la geometría de los intereses económicos puede más que las distancias doctrinarias.
La llamada Argentina Week en París funciona como una feria de promoción de oportunidades sectoriales: energía, minería, agroindustria y tecnología concentran la mayor parte de la oferta. Son los mismos sectores que el gobierno viene desregulando aceleradamente, y cuya apertura a capitales externos genera resistencias internas que van desde sindicatos hasta comunidades territoriales afectadas por proyectos extractivos. Vender afuera lo que genera conflicto adentro es una operación políticamente costosa a mediano plazo.
El timing del viaje no es neutral. Argentina transita una estabilización macroeconómica que el gobierno presenta como consolidada, pero que descansa sobre un esquema cambiario todavía intervenido y reservas netas que no terminan de recuperarse. Mostrar confianza inversora en ese contexto es parte de una narrativa necesaria para sostener expectativas, más que el reflejo de una transformación estructural ya consumada.
La composición empresarial de la comitiva también merece lectura. No viajan solo las grandes corporaciones exportadoras con acceso histórico al poder. La inclusión de actores más diversos sugiere un intento de ampliar la base de legitimidad del modelo, incorporando sectores que históricamente miraban con desconfianza a un gobierno de perfil ultraliberal. La seducción de los empresarios medianos es, también, política interna.
El verdadero resultado del viaje no se medirá en fotos con Macron ni en anuncios de intención. Se medirá en los próximos trimestres, cuando se verifique si los compromisos se transforman en desembolsos reales. Argentina tiene una larga historia de delegaciones exitosas que volvieron con promesas y dejaron pocos dólares concretos. Milei apostó su capital político a romper ese ciclo, y París es, por ahora, otro capítulo abierto de esa apuesta.
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