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| martes, 29 de septiembre de 2026 |
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El PRO busca identidad propia antes de que LLA lo absorba
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Las declaraciones de Schiavoni revelan una disputa interna más profunda: si el PRO sobrevive como fuerza autónoma o se disuelve en el experimento libertario.
El PRO atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia institucional. La declaración de Humberto Schiavoni negando cualquier acuerdo formal entre el partido amarillo y La Libertad Avanza no es una simple aclaración mediática: es una señal de alarma lanzada desde el interior de una fuerza que siente cómo su identidad se erosiona elección tras elección, gestión tras gestión.
Schiavoni no es un dirigente menor. Su paso por la presidencia del PRO le otorga autoridad institucional para hablar en nombre de una corriente que resiste la fusión silenciosa con el oficialismo libertario. Su posicionamiento apunta a un sector del partido que observa con creciente incomodidad cómo referentes propios, legisladores y cuadros técnicos migran hacia la órbita de Milei sin que medie ninguna negociación colectiva ni congreso partidario que lo avale.
El contexto electoral agudiza estas tensiones. Con las elecciones legislativas de medio término en el horizonte inmediato, el PRO enfrenta una pregunta existencial: competir en alianza con LLA, competir en soledad o resignarse a ser el partido de los prestados. Cada una de esas opciones tiene costos políticos distintos y ninguna garantiza la supervivencia de la marca PRO como referencia autónoma del centroderecha argentino.
La economía aparece como otro eje del malestar interno. Schiavoni advirtió sobre la fragilidad del esquema macroeconómico oficial, una postura que rompe con el acompañamiento casi incondicional que el bloque PRO en el Congreso le brindó al gobierno durante el primer año de gestión. Esa ruptura discursiva, aunque todavía moderada, habilita un corrimiento que puede profundizarse si los indicadores sociales no mejoran antes de octubre.
El macrismo construyó durante años una identidad basada en la gestión técnica, la moderación y el republicanismo. Esos atributos resultan difíciles de sostener dentro de un espacio que reivindica la épica del conflicto y la disrupción permanente. La convivencia entre ambas culturas políticas fue siempre más táctica que estratégica, y las declaraciones de Schiavoni confirman que ese pragmatismo tiene límites visibles.
El problema estructural del PRO es que su base electoral viene siendo disputada por LLA desde abajo y por Juntos por el Cambio en su versión residual desde adentro. Sin Macri ejerciendo conducción activa y con Bullrich integrada al gabinete nacional, el partido carece de liderazgo unificador. En ese vacío, las voces críticas como la de Schiavoni ganan visibilidad pero no necesariamente tracción para imponer una dirección colectiva.
Lo que está en juego no es solo la suerte electoral de un partido sino la reconfiguración del espacio no peronista en Argentina. Si el PRO logra pararse como alternativa diferenciada, podría capturar el desencanto con Milei sin caer en el antiliberalismo. Si no lo logra, el ciclo histórico que arrancó en 2005 habrá concluido y sus restos se repartirán entre el proyecto libertario y una centroderecha aún sin nombre ni forma definida.
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