martes, 29 de septiembre de 2026
 
 
     
El piso electoral de Milei: ¿cuánto aguanta la base dura?

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La aprobación presidencial perforó el 40% según datos privados. El dato obliga a releer la sostenibilidad política del modelo libertario.

La caída de la imagen presidencial por debajo del 40% no es un dato aislado ni un accidente de la coyuntura: es la cristalización de un proceso que lleva meses incubándose en silencio, debajo del ruido mediático de las victorias simbólicas del oficialismo. Cuando la aprobación de un gobierno que llegó al poder con más del 55% de los votos cae casi 20 puntos en menos de dos años, el fenómeno exige algo más que una lectura superficial sobre el humor social. El economista Mariano Ortiz Villafañe, de Aldazabal & Cía, apunta al deterioro de la situación personal de los encuestados como variable explicativa central. Esa distinción es crucial: no se trata de una evaluación abstracta de la economía macro, sino de la percepción concreta de bolsillo. La brecha entre los indicadores agregados que el Gobierno celebra —inflación descendente, equilibrio fiscal, reservas— y la experiencia cotidiana de los ciudadanos se está convirtiendo en el principal problema político de la administración Milei. En perspectiva histórica, esta tensión no es nueva en la Argentina. Todos los programas de estabilización exitosos en términos técnicos enfrentaron el mismo dilema: los costos son inmediatos y se sienten en el cuerpo, los beneficios son diferidos y se leen en los diarios. Menem lo resolvió con la convertibilidad y una recuperación del consumo vertiginosa. Milei no tiene esa bala de plata disponible: el tipo de cambio atrasado contiene la inflación pero no reactiva el salario real al ritmo que la política necesita. El timing importa. Con elecciones de medio término en el horizonte inmediato, la ventana para revertir la percepción negativa se estrecha semana a semana. La coalición electoral que llevó a Milei a la presidencia fue heterogénea: incluyó un núcleo ideológico libertario duro, pero también una masa crítica de votantes hartos del kirchnerismo y del PRO tradicional que prestaron su voto sin convicción doctrinaria. Ese segmento prestado es exactamente el que primero se retira cuando la economía personal no mejora. La oposición, fragmentada y sin conducción clara, no logra capitalizar todavía este desgaste. Pero en política argentina, el deterioro de imagen raramente se detiene solo: una vez que la curva baja, necesita un shock positivo para revertirse. El Gobierno parece apostar a que la baja de la inflación terminará traduciéndose en recuperación del consumo antes de octubre. Es una apuesta con fecha de vencimiento precisa y margen de error reducido. El dato del 40% también redefine el debate interno dentro del espacio libertario. La tensión entre pureza doctrinaria y pragmatismo electoral —siempre latente en fuerzas que llegan al poder desde la disrupción— empieza a hacerse visible. Sectores del entorno presidencial empujan por señales de flexibilización que amplíen la base de sustentación. Milei, por construcción identitaria, resiste cualquier giro que pueda leerse como claudicación. En definitiva, el verdadero indicador a monitorear no es el número en sí sino su velocidad de caída y su distribución geográfica y socioeconómica. Si el deterioro se concentra en el conurbano bonaerense y en los sectores de ingresos medios-bajos, el mapa electoral de 2025 empieza a dibujarse de una manera que el oficialismo debería tomar con más seriedad de la que exhibe públicamente.