martes, 29 de septiembre de 2026
 
 
     
Honestidad como capital político: el recurso escaso de 2027

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Bullrich, Kicillof y Bregman lideran imagen positiva con un atributo común que reordena el mapa electoral argentino.

La política argentina enfrenta una paradoja reveladora: tres dirigentes de espacios ideológicamente antagónicos comparten el mismo activo diferencial ante la opinión pública. Patricia Bullrich, Axel Kicillof y Myriam Bregman encabezan los índices de imagen positiva con un denominador común que los datos de Federico Zapata ponen en primer plano: la percepción ciudadana de honestidad. Que ese atributo sea escaso en el sistema político argentino no sorprende. Que sea transversal al arco ideológico sí obliga a una lectura más profunda. El dato no es menor en términos electorales. A menos de dos años de las presidenciales de 2027, el capital reputacional empieza a pesar tanto o más que la pertenencia partidaria. La fragmentación del sistema político —acelerada por el ascenso de Milei en 2023— dejó a los partidos tradicionales con estructuras debilitadas y a los votantes con menor lealtad orgánica. En ese vacío, la imagen personal se convierte en el principal vehículo de construcción de poder electoral. Bullrich representa un caso paradigmático de reconversión. Ministro de Seguridad con gestión polémica pero perfil de dureza consistente, logró consolidar una identidad política propia dentro del PRO que trasciende la tutela de Mauricio Macri. Su imagen positiva no responde a consenso sino a identificación: un segmento del electorado la percibe como predecible, sin doble discurso, incluso cuando sus posiciones generan rechazo en otros sectores. Esa coherencia percibida es lo que los consultores denominan honestidad política. Kicillof opera desde una lógica diferente. Su imagen positiva se sostiene principalmente en el territorio bonaerense, donde la gestión provincial le otorga visibilidad cotidiana. Sin embargo, su distanciamiento del cristinismo duro lo reposicionó en el imaginario de una franja del peronismo que busca renovación sin ruptura. La tensión con Cristina Fernández de Kirchner no lo debilitó electoralmente, sino que paradójicamente reforzó su credibilidad ante votantes que valoran la autonomía de criterio sobre la disciplina de aparato. Bregman es el caso más llamativo del conjunto. La izquierda trotskista rara vez figura en el podio de imagen positiva a escala nacional. Su presencia allí refleja el crecimiento sostenido del Frente de Izquierda como fuerza testimonial pero con arraigo real, especialmente entre votantes jóvenes y urbanos. Zapata descarta que esto implique una izquierdización del electorado argentino, pero reconoce un fenómeno distinto: la demanda de un Estado más presente como reacción al ajuste de la gestión Milei. Esa demanda de Estado es la variable política más relevante del momento. El modelo libertario aplicó en poco tiempo una contracción fiscal sin precedentes recientes, con impacto directo en jubilaciones, universidades, obra pública y transferencias a provincias. El rebote social de esa política no derivó —todavía— en una alternativa electoral consolidada, pero sí produce una recomposición de expectativas que favorece discursos con contenido redistributivo. Kicillof y Bregman se benefician de ese clima; Bullrich lo desafía desde el otro lado con igual convicción. El escenario de 2027 se perfila entonces como una disputa entre modelos de Estado con dirigentes que capitalizan credibilidad personal más que aparatos partidarios. La honestidad percibida no garantiza victorias, pero en un electorado desconfiado y volátil se convierte en el umbral mínimo para ser considerado. Quien no la tenga, difícilmente compita. Quien la tenga, todavía necesita construir propuesta, coalición y territorio. El atributo es condición necesaria, no suficiente.