sábado, 26 de septiembre de 2026
 
 
     
El establishment económico le retira el respaldo silencioso a Milei

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Las críticas de Carlos Rodríguez marcan un quiebre simbólico: cuando los propios cuadros técnicos del proyecto libertario empiezan a dudar, el ciclo político

El economista Carlos Rodríguez no es un crítico cualquiera. Fue uno de los referentes técnicos que acompañó intelectualmente el ascenso del proyecto libertario, lo que convierte su diagnóstico actual en una señal que va mucho más allá de una opinión disidente. Cuando alguien con ese perfil declara que no ve salida al fracaso, no está haciendo oposición: está certificando un estado de situación desde adentro del ecosistema ideológico que sostiene al Gobierno. El timing de estas declaraciones no es casual. A medida que el calendario electoral de 2025 se vuelve el organizador central de la política argentina, los actores del mundo económico y financiero empiezan a recalibrar sus posiciones. El capital político que Javier Milei acumuló durante el primer tramo de su gestión —montado sobre el shock del ajuste y la expectativa de estabilización— muestra señales de erosión justo cuando más lo necesita para enfrentar una elección de medio término que será un test de legitimidad. La economía real opera como árbitro implacable en este escenario. Los indicadores de consumo, empleo informal y poder adquisitivo de los sectores medios y bajos no acompañan el relato oficial de recuperación. El Gobierno puede mostrar superávit fiscal y cierta calma cambiaria, pero esos logros no se traducen automáticamente en bienestar perceptible para el votante común, que mide la gestión en el precio del supermercado y en el bolsillo a fin de mes. Este fenómeno no es nuevo en la historia argentina. La experiencia de la Alianza a fines de los noventa, o incluso la segunda etapa del macrismo, demostró que la disciplina fiscal sin crecimiento genera un ciclo de desgaste que termina por licuar la coalición política de sustento. Milei enfrenta una variante más aguda de ese dilema: su propuesta no tiene el gradualismo como válvula de escape, lo que reduce los márgenes para corregir sin reconocer el fracaso. Dentro del propio espacio libertario hay tensiones que el oficialismo maneja con dificultad creciente. La figura de Karina Milei como operadora política central y la centralización de decisiones en un núcleo muy reducido generan fricciones con sectores que esperaban mayor apertura institucional. La ausencia de cuadros técnicos con autonomía real deja al Gobierno expuesto cuando las voces externas —como la de Rodríguez— empiezan a instalar una narrativa alternativa sobre el rumbo económico. El kirchnerismo y la oposición moderada observan este proceso con una mezcla de expectativa y cautela. Ningún espacio opositor tiene aún la capacidad de capitalizar el descontento de manera contundente, pero el desgaste oficialista abre ventanas que en política se cierran tan rápido como se abren. Las elecciones legislativas serán el primer examen real, y el resultado podría redefinir completamente la correlación de fuerzas para el tramo final del mandato. Lo que el episodio Rodríguez revela, en definitiva, es la fragilidad estructural de un proyecto político que llegó al poder con una promesa de transformación radical pero que gobierna en los límites estrechos que impone la economía argentina. El debate ya no es si hubo ajuste —lo hubo— sino si ese ajuste fue suficiente como punto de partida para algo distinto, o si simplemente fue el costo social de una estabilización que no alcanza para sostener un proyecto político viable en el tiempo.