miércoles, 23 de septiembre de 2026
 
 
     
La economía de dos velocidades: ganadores y rezagados

El modelo agroexportador avanza, pero la industria y el comercio quedan rezagados. La brecha sectorial define la verdadera foto de la economía Milei.

La economía argentina no crece de manera uniforme. Crece para algunos. Para otros, el rebote del PBI es una abstracción estadística que no llega a los balances ni a las cajas registradoras. Esa fractura estructural entre sectores exportadores dinámicos y un mercado interno debilitado es, en rigor, el dato político más relevante que deja el ciclo económico actual del gobierno de Javier Milei. Guido Zack, director de Economía de Fundar, lo sintetiza con una imagen brutal: la economía argentina está partida. No es una metáfora nueva, pero sí adquiere una dimensión diferente cuando se la lee en el contexto de un programa de ajuste que apostó explícitamente a que el equilibrio fiscal y la baja de la inflación traccionarían una recuperación general. Ese mecanismo, hasta ahora, tiene ganadores identificados y perdedores que esperan. El sector agroexportador, la minería y algunos segmentos de servicios vinculados al comercio exterior muestran números positivos. Son los sectores que el modelo libertario diseñó como locomotoras. El problema es la extensión de las vías: la industria manufacturera y el comercio minorista, que emplean a una porción mayoritaria de la fuerza laboral urbana, no encuentran todavía el estímulo suficiente para salir del estancamiento. El concepto de derrame siempre fue políticamente incómodo en Argentina, asociado a décadas de promesas incumplidas. Que un economista de un centro de estudios independiente lo utilice para describir el proceso actual no es casual: revela que el mecanismo de transmisión entre el éxito exportador y la reactivación del consumo interno sigue siendo lento, incierto y políticamente costoso para el oficialismo. Para el gobierno, el timing es crítico. Las elecciones legislativas de 2025 ya quedaron atrás, pero la construcción de un capital político sostenible requiere que la recuperación deje de ser sectorial y empiece a percibirse en los bolsillos de trabajadores industriales y comerciantes. Cada mes que ese derrame no llega es un mes en que la narrativa del éxito económico choca con la experiencia cotidiana de millones de personas. El antecedente histórico más directo es el de la convertibilidad en sus primeros años: crecimiento agregado con sectores industriales devastados, hasta que la insostenibilidad social y política del modelo se volvió evidente. No se trata de equiparar contextos, sino de advertir que las economías partidas tienen una tendencia a profundizar su fractura antes de resolverla. La pregunta que instala el análisis de Zack no es técnica sino política: ¿puede el gobierno de Milei sostener la cohesión social y electoral necesaria mientras espera que el derrame haga su trabajo? La respuesta depende menos de los modelos econométricos que de la velocidad con que la industria y el comercio encuentren oxígeno. Por ahora, ese oxígeno llega con cuentagotas.