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| miércoles, 23 de septiembre de 2026 |
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El vacío afectivo como dato político: nadie enamora en 2025
Una encuesta de emocionalidad revela que ningún dirigente supera el punto medio de aprobación afectiva. El desapego ciudadano es la verdadera noticia.
La política argentina atraviesa una crisis que va más allá de los índices económicos o las disputas legislativas. Un relevamiento de QSocial introduce una variable que la ciencia política local raramente cuantifica con rigor: el vínculo emocional entre los ciudadanos y sus dirigentes. El resultado es contundente y, en cierta forma, esperado. Milei, Kicillof, Villarruel y Hadad, figuras que dominan el ecosistema mediático y político cotidiano, no logran superar siquiera el punto medio de una escala afectiva. Nadie genera adhesión genuina, solo polarización funcional.
Este hallazgo desmonta una narrativa instalada con fuerza desde 2023: la idea de que Javier Milei capitalizó una energía emocional positiva y sostenida en el electorado. Lo que el estudio sugiere es que esa energía fue, en gran medida, rechazo al orden anterior más que amor al nuevo liderazgo. La diferencia no es semántica. Un liderazgo construido sobre el odio ajeno es estructuralmente más frágil que uno edificado sobre identificación propia, porque depende de que el adversario siga siendo odiable.
Axel Kicillof, por su parte, carga con el peso de representar a un peronismo que aún no resolvió su crisis de identidad post-derrota. Su posicionamiento como alternativa progresista choca con el desgaste que acumula la gestión bonaerense y con la dificultad de diferenciarse de un kirchnerismo que el electorado mayoritario rechaza. La emocionalidad negativa que despierta no es solo ideológica: también refleja el agotamiento de un ciclo que no logró renovarse.
Victoria Villarruel representa quizás el caso más paradójico del mapa relevado. Su perfil duro, con reivindicaciones históricas que generan rechazo activo en amplios sectores, convive con una base de simpatizantes que la percibe como la única voz coherente dentro de un oficialismo que frecuentemente se contradice. Su distancia pública con Milei, lejos de perjudicarla, parece consolidar una identidad propia que podría tener recorrido electoral autónomo.
La inclusión de Eduardo Hadad en el sondeo no es un dato menor. Su presencia como figura medible en términos de emocionalidad política confirma la porosidad definitiva entre el mundo mediático y el político en Argentina. Hadad no ocupa ningún cargo, pero su influencia en la agenda pública lo convierte en un actor con poder real sobre percepciones y emociones colectivas. Medirlo junto a gobernadores y vicepresidentes dice tanto sobre el estudio como sobre el estado de la política nacional.
El dato sobre los indecisos merece atención editorial especial. Históricamente, ese segmento era leído como un bloque blando, disponible para quien mejor comunicara en la recta final de una campaña. Si la encuesta detecta allí alguna particularidad emocional diferencial, la lectura correcta es que ese electorado no está esperando ser convencido: está esperando ser emocionalmente interpelado. Y ningún dirigente relevado parece estar en condiciones de hacerlo todavía.
El mapa afectivo que emerge del relevamiento es, en definitiva, el retrato de una democracia en modo defensivo. Los ciudadanos no eligen a sus referentes por entusiasmo sino por descarte, por miedo al otro o por inercia identitaria. Esa es la condición de base sobre la que se disputará el ciclo electoral que se aproxima, y cualquier estrategia que ignore la dimensión emocional del voto estará construyendo sobre arena.
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