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| viernes, 9 de octubre de 2026 |
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La Corte frenó el DNU y la grieta volvió a definir el mapa político
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El fallo sobre la Ley de Tierras no resolvió nada: profundizó la polarización y dejó en evidencia cuánto pesa la movilización en las decisiones judiciales.
La decisión de la Corte Suprema de suspender provisoriamente la derogación de la Ley de Tierras contenida en el DNU 70/2023 no fue recibida como un fallo técnico-jurídico: fue procesada como un hecho político de primera magnitud. La izquierda, sectores sindicales y buena parte de la oposición la interpretaron como una victoria de la presión social; el oficialismo y sus aliados, como una intromisión del Poder Judicial en decisiones que corresponden al Ejecutivo. Esa fractura en la lectura del fallo expone algo más profundo que una disputa legal: revela que en la Argentina de 2026 cada institución es leída en clave de bando.
El DNU 70/2023, la norma ómnibus que Javier Milei firmó a días de asumir, sigue siendo el terreno de disputa política más caliente del ciclo. Su alcance desmesurado —centenas de artículos que tocaban desde regulaciones laborales hasta el régimen de tierras— lo convirtió desde el inicio en un blanco judicial y parlamentario. La Ley de Tierras, que limita la compra de suelo por parte de extranjeros, tenía un peso simbólico particular: su derogación fue leída por amplios sectores como un gesto de entrega de soberanía territorial, argumento que la oposición supo capitalizar con eficacia movilizadora.
Lo que el fallo deja en evidencia es la tensión irresuelta entre la velocidad reformista del gobierno y los mecanismos institucionales de control. La Corte no se pronunció sobre el fondo del asunto sino que actuó cautelarmente, lo que técnicamente significa que el debate continúa. Sin embargo, en términos de comunicación política, el impacto fue inmediato: quienes salieron a la calle en las últimas semanas reclamando por esta norma leyeron la cautelar como una reivindicación de su protesta.
Los actores que tomaron la palabra después del fallo no lo hicieron para analizar el derecho: lo hicieron para disputar el sentido del momento. Desde la izquierda se subrayó el rol de la movilización como factor de presión legítima sobre el sistema. Desde sectores del peronismo, la lectura fue más institucionalista: la Corte como dique de contención frente a un Ejecutivo que gobierna por decreto. Los abogados constitucionalistas que cuestionaron el accionar del tribunal, en cambio, advirtieron sobre el riesgo de una judicialización creciente de la política económica.
El problema de fondo es que ninguno de estos actores está equivocado del todo. La Corte Suprema argentina tiene un historial de intervenciones que responden tanto a criterios jurídicos como a lecturas de clima político. La cautelar sobre la Ley de Tierras llega en un momento en que el gobierno enfrenta desgaste social acumulado, con protestas sostenidas y una oposición que encontró en el rechazo al DNU 70 un territorio de articulación transversal. Ignorar ese contexto sería un análisis incompleto.
Para el gobierno de Milei, el fallo representa un problema político que trasciende lo jurídico. Cada freno judicial al DNU 70 alimenta una narrativa de resistencia institucional que la oposición necesita para mantenerse cohesionada. El oficialismo responderá, previsiblemente, con el argumento del mandato popular y la necesidad de reformas estructurales urgentes. Pero ese argumento tiene un límite: cuando los tribunales empiezan a actuar como árbitros de la velocidad del cambio, el gobierno pierde iniciativa.
La discusión no terminó con esta cautelar. La Corte deberá resolver el fondo y el Congreso mantiene abierta su propia disputa sobre la validez del DNU. Lo que este episodio confirma es que el mapa político argentino sigue organizándose alrededor de un eje único: a favor o en contra de Milei. Mientras esa lógica domine, cada fallo, cada protesta y cada declaración será leída no como un hecho en sí mismo sino como una pieza en una guerra de posiciones que no tiene fecha de cierre.
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